
Escuché de mi abuela, a quien Dios la tenga en su gloria, expresión muy castiza de condolencia y fe con la que desear el descanso eterno y la paz de su alma, que la necesidad agudiza el ingenio. Y en estos tiempos aciagos para la economía doméstica, en la que los ciudadanos buscan cualquier fórmula para llegar a fin de mes, el deshacerse de pertenencias que sobran en casa, vendiendo los artículos como segunda mano, parece ser una buena solución para la sobrevivencia.
Con la aparición en el mercado de internet de plataformas de venta de segunda mano como Wallapop, ideal para todo tipo de productos, y Vinted, líder en moda, así como otras opciones populares como Milanuncios, para compraventa local, Facebook Marketplace, especialista en ventas de proximidad y eBay, en artículos de mayor alcance, se ha perdido, en cierta parte, el romanticismo del rastro, ese lugar de venta en la calle cuyo origen se data a finales del siglo XV, en torno a 1496, cuando en Madrid se le vinculó al «Matadero viejo de la Villa» junto a la plaza de Cascorro. Dando su nombre al reguero de sangre que dejaban las reses arrastradas desde el matadero hasta las curtidurías de la zona. Un mercadillo de venta ambulante, como otros muchos que hay en nuestro entorno, que se suele patear de un lado al otro, en el que se encuentra todo lo que una persona puede imaginar, y mucho más.
En estrategias para incentivar el ahorro diario ya hemos visto de todo, hasta el punto de que algunos que se plantean deshacerse de lo que no usan lo hacen a través de plataformas on line, desde casa por internet, exponiendo sus artículos en lugares especializados en la venta de segunda mano, o dispuestos a salir a vender sus pertenencias si es preciso en medio de una plaza. Para todos, estos sistemas la infraestructura necesaria que necesitan es mínima, ya que en la venta ambulante o pot línea no hay muchos requisitos a cumplir, en una actividad que ayuda a escapar a la crisis, y en ocasiones puntuales puede suponer una importante ayuda a los bolsillos de la familia.

Si las plataformas por internet suponen un comercio abierto las 24 horas de los 365 días del año, a lo largo del país son muchos los mercadillos a los que la gente puede acudir de forma libre pagando la tasa municipal que esté marcada para esa actividad. Aunque en Salou hay una entidad, el grupo Freesia, una organización sin fines de lucro con sede en Salou, fundada en 2002, que organiza eventos regulares de venta de artículos de segunda mano y hasta ahora ha recaudado más de 434.000 euros para organizaciones benéficas (ONG) contra el cáncer en España.
A lo largo del año, Freesia organiza cuatro mercadillos de este tipo. Actividad que comienza poco después de las siete de la mañana, en el parque Manel Albinyana, en el que se comienza a llenar los huecos que dispone la organización. Los vendedores van apareciendo paulatinamente. Los más profesionales con el automóvil o la furgoneta cargada hasta arriba; los más modestos, con carros de hierro que probablemente son de grandes superficies de alimentación y otros, con bolsas llenas de objetos. Para acceder al recinto, en cualquier caso, han de certificar la previa inscripción, que pueden hacerla en cualquier día del año, porque el grupo tiene abierta una página web en la que se puede hacer en cualquier momento y reservar así plaza.
La cuota es diferente en cada rastro. En Salou está marcada en 10 euros por parada, que en algunos casos la costean compartida entre dos o tres personas que utilizan el mismo espacio. Recientemente, desde primera hora, tras los primeros rayos de sol, los paradistas van llenando el recinto. Colocan los productos y esperan a los visitantes. Con el paso de las horas, van haciendo balance de la jornada, que no resulta fructífera para todos por igual. Lucho, Belén, Aurora y Alicia son algunos de los vendedores a los que la gente saluda con frecuencia, ya que no sólo son conocidos por ser habituales vendedores en el mercado, sino porque durante la jornada saludan a muchos de sus vecinos. “El día no es bueno para la venta. Apenas he conseguido unos euros para pagar el espacio. Hay días que llego a los 50 euros, que sería lo aceptable, a pesar de que – coinciden en señalar -, en ocasiones he logrado reunir casi cien euros”. Una cifra muy aceptable para algunos, aunque la mayoría de los precios están marcados a 1 euro la pieza.

Mercancía de todo tipo, ya que se venden productos muy diversos, aunque abunda la ropa de segunda mano, artículos vintage, antigüedades, libros, discos de vinilo, juguetes, vajillas, muebles, decoración, artesanías y objetos curiosos o de colección a precios económicos, entre muchísimos más que llaman la atención del paseante por el mercado.
El rastro, rastrillo o baratillo son denominaciones de este tipo de mercado popular, que por lo general se hace al aire libre y se instala en determinados días, con el fin de ventas de productos a menor precio del normal, en el que abunda la ‘ganga’, chollos o una oportunidad para deshacerse de esos productos que sobran en casa, para los vendedores, y ocasión para hacerse con alguna necesidad o curiosa adquisición, para los compradores. Aunque no siempre se hace en el exterior, en la calle, ya que el grupo Freesia en días cercanos a las fiestas de Navidad lo organiza en el interior del ayuntamiento, con una capacidad más reducida, pero en el que igualmente se aprovecha para conseguir oportunidades con las que, principalmente, ambientar la Navidad en casa.
Aunque el rastro se ve como una oportunidad de mercadeo alternativo en nuestro entorno, en ciudades como Madrid, en la que, además de las muchas visitas culturales y monumentales que se pueden hacer en la capital, el rastro supone, sin lugar a dudas, una visita obligada para miles de visitantes por su peculiar ambiente comercial y su encanto una referencia a nivel europeo del comercio al aire libre. Su celebración todos los domingos del año ha convertido al barrio de La Latina en un lugar de peregrinación turística. Más allá de ser un simple mercado, el Rastro es un reflejo de la historia y la identidad de una ciudad, de un lugar donde se entrelazan siglos de cultura, de historia viva, de tradición y modernidad en un único espacio al aire libre. Símbolos de identidad que, en muchas ocasiones, caracterizan y por los que hacen historia a nuestros pueblos.




