
El buen pastor ha sido a lo largo de los siglos icono de protección humana. Murillo, el pintor nacido en Sevilla, hijo de un barbero y cirujano, Gaspar Esteban, y de María Pérez Murillo, miembro de una familia de plateros y pintores, pasó a la historia como uno de los grandes pintores de temas infantiles, y no sólo por sus famosas escenas costumbristas protagonizadas por niños, sino también por representaciones como la del buen pastor, en la que se ve el Niño Jesús, en la metáfora bíblica del buen pastor que apacienta y cuida de sus ovejas.
Un niño también, Pedro, el cabrero de la famosa historia de Heidi dio pie en su día a numerosas anécdotas en su oficio de cabrero, en la serie de animación japonesa ambientada en los Alpes, siendo el mejor amigo de la propia Heidi. Una clásica serie de anime Heidi que se estrenó en Japón el 6 de enero de 1974, que llegó a la pequeña pantalla en España, el 2 de mayo de 1975 en TVE, convirtiéndose en un fenómeno televisivo que nos hizo ver el oficio de pastor, de cabrero, con una cierta ternura, sobre todo en los niños de aquella época
A Raúl se le ha visto estos días cerca del rebaño que ha pastoreado los bosques de Salou. Está jubilado, pero recuerda que el pequeño protagonista de la serie Heidi, Pedro, tenía los mismo años, ocho, que cuando él comenzó a pastorear. “Eran otros tiempos. Es evidente. Los niños han de ir a esa edad al colegio para formarse”, dice. Entonces, en la década de los sesenta -Raúl nació en 1956- las oportunidades en la educación escolar no eran para todos igual. “Aunque ahora estos oficios ya no los quiere nadie. Hay niños que en su vida han visto una oveja o una cabra”.
En los años 60 la educación escolar se caracterizó por un sistema nacionalcatólico, fuertemente autoritario y centralizado. Se basaba en la memorización, la separación de sexos y la desigualdad de género. La escolarización solo era obligatoria entre los 6 y los 12 años, y el acceso a estudios superiores era exclusivo de las élites. Fueron años difíciles en los que la mayoría de los niños, dígase de estos los que en esa década rondaban los catorce años – trabajábamos para ayudar al mantenimiento de la familia. Independientemente de otras fórmulas para continuar con la formación personal.
Años en los que una jornada en el colegio comenzaba con el rezo y el canto del Cara al Sol o el Himno Nacional. El adoctrinamiento en la «Formación del Espíritu Nacional» era obligatorio, al igual que la fuerte presencia de la Iglesia Católica en las aulas. Niños y niñas, con disciplinas muy estrictas en las que eran frecuentes los castigos, estudiaban en las aulas totalmente separados. Y con materias distintas: los niños recibían formación para profesiones y ciencias, mientras que a las niñas se les enseñaba economía doméstica, costura y labores para llegar a ser «buenas amas de casa».
Años en los que el trabajo infantil era una realidad cotidiana. Los niños más humildes en los que tras dejar la escuela —entre los 10 o 12 años— se empleaban sobre todo en el campo, el servicio doméstico, la industria local y el pequeño comercio. Y en las granjas trabajaban como jornaleros y pastores, cuidando el ganado y realizando tareas de labranza desde edades muy tempranas junto a sus padres.

Raúl, desde entonces, ha vivido el sector del ganado no como un negocio, sino como una vocación. “A mí ya solo me queda mirar. No olvido lo hermoso que ha sido mi trabajo. Se ha de tener mucha vocación para trabajar en este oficio, porque los animales necesitan que se les cuide los 365 días del año. Ahora ya no hay muchos jóvenes dispuestos a este sacrificio”, sentencia.
Un oficio, por cierto, que como otros muchos han evolucionado, porque los guionista que dieron vida al pequeño pastor de la serie Heidi, Pedro, es posible que nunca hubieran imaginado que un rebaño de ovejas y cabras fuera protagonista ahora de un proyecto pionero de silvopastoril, en el que los animales campan por bosques y matorrales con el fin de limpiar las zonas verdes de uno de los municipios más turístico del Mediterráneo. Un proyecto con el objetivo de limpiar los bosques municipales y reducir el riesgo de incendios forestales antes de la llegada de las altas temperaturas del verano. Una iniciativa que apuesta por una fórmula natural, sostenible y ecológica basada en el pastoreo controlado, recuperando así una práctica tradicional de gestión del territorio.
Una fórmula, la del buen pastor, que se podría aplicar en otros campos de la vida. Porque además de la limpieza natural de los municipios, la política necesita de buenos pastores ante tanta oveja descarriada. Un argot, el término «oveja descarriada», que en la política se utiliza para describir a militantes, legisladores o funcionarios que se apartan de la línea ideológica o de las directrices oficiales de su partido, de políticos que cambian de bando o buscan refugio en formaciones aliadas. “Ovejas descarriadas” y “ovejas negras”. Porque en estos días que tanto se ha hablado de Méjico, por un viaje de la presidenta madrileña, recuerdo lo que en su día dijo el presidente nacional mejicano del Partido de Acción Nacional (PAN), Jorge Romero, a fin a la democracia cristiana, “yo buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada”.
Triunfa el más listo, no el más inteligente
Difícil faena la del pastor político que desea hacer volver al rebaño a la oveja descarriada, a pesar de la parábola bíblica cuando habla que “si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas”. Difícil de aplicar en una política en la que al descarriado no sólo no se le espera, sino que “no le conocemos. Jamás hubiéramos esperado algo así de él”, manifestaciones que en los últimos años se han escuchado con una cierta frecuencia.
Una política, que no deja de ser un patio de colegio. Aunque no triunfa el más inteligente, sino el más listo. Un patio en el que no hay niños entre los 6 y 12 años en los que era obligatoria la escolaridad en los últimos 50 años del pasado siglo, sino en el que se mueve gente con ambición de gobernar, aunque el que nos gobierna no sea el más listo de la clase, sino el más valiente, el que no tiene miedo y escrúpulos a nada y está necesitado de protagonismo y poder. En un mundo de trepas, oportunistas que ascienden sin escrúpulos ayudado por monaguillos que le alzan al poder, nos encontramos a políticos que en la hora del recreo se rodea ante un grupo movido por el miedo, que con su arte hipócrita, deslumbra con admiración.
Un sector de la sociedad profesionalizado en el que el más listo de la clase se evade de vez en cuando de sus obligaciones y se deja llevar por la demagogia, favoritismos, corruptelas, cohechos, prevaricatos, y mil y una palabra técnica más. Esta sociedad necesita un buen pastor que la guíe, que la conduzca en los valores, los ideales, conceptos básicos y universales de humanidad, coherencia y democracia y al que seguir como ejemplo de lo que predica las demás ovejas.




