
Salou vive los años 50. Algunas palmeras recortan sueños africanos entre la tierra y el mar de un tranquilo pueblo de pescadores que iniciaba su transformación en destino turístico. En Vilaseca, unida por su nombre a Salou, apenas se conoce el asfalto en sus calles. Tan sólo la antigua nacional 340, que atravesaba el centro de la ciudad, conocía la graba y el betún derivado del petróleo que hacía firme el paso de camiones y automóviles. El resto del territorio vilasecano, ricas tierras de labranza que eran el anhelo, el deseo profundo a conquistar por el ‘hereu’ de la familia, el hijo primogénito que aspiraba a heredar esa tierra de labranza. Para el resto de los hijos, las tierras más cercanas al mar, algunas con concentración de sal, terreno salino, aunque con algunos cultivos tradicionales de secano y de huerta, incluyendo plantaciones de avellanos, algarrobos, olivos, almendros, limoneros y naranjos. Tierras que alternaban con antiguas masías.
Década en la que un centenar de periodistas, durante unos días, asisten al ‘Curso de Altos Estudios de Información’. Profesionales españoles de la información con origen hispanoamericano, marroquí, alemán, francés, brasileño, y otros de muy diversos países, que se citan Salou en 1956. Año en el que, como en anteriores temporadas de verano, se reúnen en Salou familias con un alto nivel adquisitivo en la época, y otros muchos bañistas que venían en masa a las playas a pasar unas horas. Gente de Reus, que viajaba en El Carrilet, hasta que, en 1976, el enlace Reus-Salou se quedó sin tranvía por falta de proyectos alternativos. Bañistas que llegaban a la playa con maletas cilíndricas y con vestidos amplios y pudorosos trajes de baño, toallas, gorros y sombreros de paja.
Los expertos del periodismo se mezclan en los establecimientos hoteleros con otros veraneantes que visitaban la ciudad esos días, como unos turistas más. Gente hospedada en los hoteles de la ciudad a las que se las podía ver en elegantes fiestas, “de amplias proporciones organizadas por los señores Bartolí y Piñol en su hotelito del Lazareto” – escribe en esos días la prensa local-, en las fiestas que se organizaban en el Hotel Balneario LaTerraza, las de los hoteles Planas, Germà (posteriormente hotel Mónaco), y Llurba.
Descanso y fiestas en las que participaban con sus familias personajes como Agulló-Díaz, Varela, Paños, Solans, Herrero, los señores Valls, Francisco Malleu, Folch y viuda de Recasens (Barcelona), los señores de Octavio (Zaragoza) Borrell, Abelló, la señora Vila y los señores Salvat-Montserrat, Ramón Urgellés (Reus), la viuda Julibert, señores de Agustí e hijos (Lleida) y Ortín, don Eugenio Ligero de la Guinea Española, el comandante de Aviación y don Julián Jiménez, los señores Comines y el señorito Felipe Segovia (Madrid), entre otros muchos, con la ausencia, en uno de las fiestas, de “don Tomás Miarnau Banús, que hace algún tiempo guarda cama y régimen absoluto en su domicilio”.

Familias muy conocidas que fueron el embrión, el inicio del desarrollo turístico, de una ciudad, Salou, que 70 años después se ha convertido en uno de los puntos más importantes del turismo en Europa. Setenta años que han sido recordados por el ayuntamiento y su alcalde, Pere Granados, en un merecido homenaje a la familia Bartolí, recordando que fue en 1956 cuando, probablemente en una inspiración humana, con la chispa mental que debió despertar la imaginación y el impulso de alcanzar nuevas metas, Pau Bartolí Bella y su esposa Carme Julivert Ortega decidieron hacer de aquellas tierras toscas un camping. Un lugar para descansar.
Un establecimiento que nació con unas instalaciones modestas, pero con una clara visión de futuro, que el paso de los años se consolidó como uno de los primeros campings de Cataluña y de España, y en un referente dentro de la industria turística europea. Su oferta de servicios, innovadora para la época, incluía supermercado, restaurante, instalaciones sanitarias, piscina, bungalós, consulta médica, peluquería y espacios diferenciados para caravanas y tiendas. Modelo que proyectaron a partir de visitar algunos campings europeos. La superficie era de unas seis hectáreas y acogía a cerca de 2.000 personas que atraía, principalmente, turismo internacional, especialmente procedente de Francia, Suiza, Holanda y Alemania.
Su promotor, Pau Bartolí, vinculado al mundo de la construcción, se encargó de los aspectos técnicos y estructurales del proyecto y Carme Julibert, mujer cosmopolita, formada en escuelas francesas y con experiencia en Suiza, se convirtió en el alma del negocio, asumiendo la gestión global del camping, imprimiéndole un carácter acogedor, moderno y abierto a esa nueva forma de pasar el verano.
Junto a Pau y Carme, un hijo, Joan María Bartolí Julivert, que además de seguir con el complejo turístico, éste, probablemente en otra inspiración humana, vio la oportunidad de complementar los servicios del camping, dentro de esta instalación, con la ubicación de la primera discoteca de Salou, La Cage de Medrano, abierta en 1966.

Años en los que el fenómeno de las discotecas significó un antes y un después en la fiesta de la noche. En 1965 en Platja d’Aro, con Tiffany’s se abre un local que mostró, como lo había hecho Papershop en Alemania, que se anticipaban cambios y rupturas sociales en el comportamiento cultural del ocio. Apertura de un lugar moderno que impulsaron dos suizos, que se aislaba de la realidad social de la calle y de la tolerancia y desinhibición de la dictadura franquista.
Año en el que abre Pachá en Sitges, conocida por sus dos cerezas. Tanto Tiffany’s como Pachá, ambas dieron nombre, años después, a discotecas ubicadas en Salou, aunque a la vera y al ritmo que marcaban ya La Cage de Medrano, abierta en 1966, Georgia Salou, en marzo de 1967 y Flash Back, en el verano de 1969. Locales que impulsan la fiesta nocturna, que poco después ayudaría a situar a Salou internacionalmente con el conocido eslogan, La Playa de Europa, convirtiendo al municipio en uno de los grandes reclamos turísticos que ha conseguido atraer anualmente a nuestras costas millones de turistas.
La Cage de Medrano, en su apertura se montó en el interior de una Carpa de Circo, tras la compra de ésta a un circo valenciano. La pista, situada en el interior de una jaula de fieras, daba oportunidad a la desenfrenada fiebre con la que los jóvenes vivían la música de aquellos momentos.
Inicios de las discotecas
Era el inicio de las discotecas en unos años en los que el rock & roll fue el padre de distintos subgéneros como el rockabilly, el doo wop o el hard rock y posteriormente el punk rock. Estilos musicales que marcaron a la mujer especialmente, liberándose de los encorsetados vestidos que lucía, para comenzar a ataviarse con las famosas faldas del caniche que eran de corte justo en la rodilla y que, muchas de ellas, tenían la imagen impresa de un caniche, de ahí su nombre.
El jardín de La Cage de Medrano ha sido testigo de numerosos desfiles de moda y de concursos de belleza, como Miss Catalunya o Miss Tarragona. Pionera en fiestas temáticas, animó a los clientes con gogos femeninas y masculinas, que bailaban al ritmo de la mejor música, que el propio Bartolí, en los primeros años, se encargaba de comprar visitando las discográficas de Londres.
Años en los que los proyectos turísticos fueron muy importantes. Tanto que han dado origen al actual Salou, que setenta años después, a iniciativa del consistorio, la ciudad ha rendido homenaje a Joan María Bartolí, descubriendo una placa en el Parc de la Ciutad, que quedará para la historia y recordará que años atrás en ese mismo lugar se abrió el primer camping de la ciudad en 1956. De ahí las palabras de Pere Granados al recordar que “con este homenaje damos valor al turismo y a todo lo que se aporta a favor de él en el municipio. No solo desde el punto de vista económico, sino también social, cultural y de proyección exterior. Es importante que el turismo marche contento por la acogida, por la experiencia vivida y por el cariño recibido, y que tengan ganas de volver. La familia Bartolí es un ejemplo de todos nuestros deseos”.




