El salouense Jordi Oliva participa a bordo del Maqui en la 40ª regata Rei en Jaume, que partió el viernes del Salou y concluirá este sábado en Mallorca con más de 500 embarcaciones participantes y un recorrido de más 100 millas. Debutó en esta travesía con 15 años y, desde entonces, ha tomado parte en 13 ediciones.
¿Qué significa esta regata para usted?
Para mí es una experiencia muy especial. Pensar que hace casi 800 años se hizo esta misma travesía, evidentemente con unos medios completamente diferentes, impresiona mucho. Nosotros hoy tenemos GPS, mucha tecnología y vamos muy preparados. Imaginar cómo debían afrontar aquel mar en el año 1229 y poder repetir ahora aquella ruta tiene un encanto especial.
¿Cómo se vive la travesía a bordo del Majoqui?
Nosotros intentamos navegar tan bien como podemos, pero también queremos pasarlo bien. Hay embarcaciones muy competitivas, con tripulaciones que están pendientes constantemente del viento, del rumbo o de los cambios de presión para intentar ganar cualquier metro. Nosotros también competimos, pero intentamos combinarlo con reírnos, compartir la experiencia y disfrutar del mar. Al final son muchas horas juntos y ese ambiente es muy importante.
¿Se preparáis especialmente para afrontar esta regata?
Es conveniente que la tripulación tenga una mínima experiencia, que haya hecho alguna regata antes o tenga unas nociones de vela. Pero en una regata de crucero no es necesario que todo el mundo sea experto. Lo más importante es que haya un patrón que sepa llevar el barco a buen puerto, que la tripulación acompañe y que se mantengan siempre unas condiciones mínimas de seguridad. Por encima de todo, hace falta sentido común y respeto por el mar.
¿Recuerda especialmente alguna regata Rein en Jaume?
Sobre todo, la primera, cuando tenía 15 años. Fue muy intensa. Aquel año empezamos con una situación relativamente tranquila, pero después el viento subió de golpe hasta los 20 o 30 nudos y nos encontramos con olas de unos cuatro metros. Además, se acercaba una tormenta de la que ya nos había advertido el servicio marítimo. Íbamos con un barco muy pequeño y la situación podía llegar a ser complicada, pero teníamos una tripulación muy motivada y seguimos adelante. Acabamos literalmente surfeando las olas hasta llegar a Mallorca.
Y ganaron.
Sí. Después de todo lo que habíamos pasado y de haber aguantado hasta el final, fue una recompensa extraordinaria. Por eso guardo un recuerdo tan especial.
¿Es importante no perder la paciencia?
Mucho. En septiembre es habitual encontrarse con calmas. Puedes estar navegando durante el día y llegar a la noche prácticamente sin viento. Si, además, hay mar de fondo, te encuentras con el barco casi parado, haciendo cálculos sobre cuántas millas faltan y esperando a que vuelva el viento. En esos momentos, quien tiene más paciencia, aguanta y no se desespera puede acabar teniendo premio.
O cruzándose con una ballena.
Sí. Hace cuatro o cinco años vimos un rorcual en plena travesía. Son momentos que no olvidas. Poder navegar más de 100 millas por el Mediterráneo y encontrarte con una escena así es un auténtico privilegio. Eso también explica por qué volvemos cada año.
Los participantes son como una familia que se reúne cada año en esta regata.
Nos reencontramos, nos conocemos y siempre existe ese punto de rivalidad sana. Para algunos es una competición muy exigente y para otros se ha convertido casi en una tradición. Volver a ver las mismas caras cada año forma parte del encanto de la regata.
¿A usted que le motiva para volver?
Es una mezcla de muchas cosas: el mar, la competición, los compañeros, el reto y la tradición. Pero, sobre todo, compartir una experiencia que cada año es diferente. Nunca sabes exactamente qué te vas a encontrar. Y cuando llegas a Santa Ponça después de tantas horas de navegación, siempre tienes la sensación de que ha merecido la pena.




