
Secundino Llorente
Catedrático de Instituto jubilado
Soy de León, pero paso gran parte del año en Salou. Había oído las alabanzas de la fiesta del Cós Blanc, pero nunca imaginé que su éxito llegase a tal extremo. Salou en enero estaba vacío, de repente, el primer sábado de febrero, las calles pasaron a estar abarrotadas, llegaron más de 60.000 personas. ¿qué pasa?
¿De dónde vino tanta gente? Diez días antes ya habían cortado el tráfico por el paseo Jaime I para llevar a cabo las obras que este evento trae consigo: Instalaron un Funbox, el parque hinchable más grande del mundo, con más de 4.000 m² de castillos, toboganes, túneles, obstáculos y juegos inflables para miles de niños. Y para los no tan niños, un gran parque temático con atracciones juveniles de góndolas o coches de choque. Llenaron el paseo de plataformas y torretas para instalar el uso de iluminación LED, máquinas de humo, equipos de sonido potentes y, sobre todo, los 20 surtidores repartidos por el trazado que recorren las carrozas para disparar una lluvia incesante de confeti que, en mi opinión, es el alma de esta fiesta.
Chapó al Ayuntamiento y su organización. No es fácil gestionar la seguridad y la logística para controlar, a un alto nivel, en el Passeig Jaume I, esta gran multitud de visitantes. El Cós Blanc es un increíble espectáculo de luz y sonido alrededor de un gran desfile en el que participan, por una parte, treinta carrozas, cada una con su “colla”, unas 3000 personas disfrazadas, elegantemente vestidas, con las caras descubiertas, sin extravagancias ni desnudos, como suele ocurrir en los carnavales. Por otra parte, están los miles de espectadores que se acomodan, como pueden, alrededor del desfile y a lo largo de los dos kilómetros de la calzada.
Yo era uno de esos espectadores que estaba en el centro del paseo Jaime I, rodeado de gente variada, niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, de lenguas diferentes y sonrientes con cara de felicidad. Allí estábamos todos para ver el paso de las carrozas y la lluvia de confeti. Eran las 19 horas. La programación era de dos horas. Los speakers de la fiesta animaban este espectáculo de música, luces y colores a lo largo de todo el recorrido. Desde mi punto de vista la idea es genial. Una verdadera ‘pasada’. Y a la vez, todo es muy simple: consiste en la guerra del confeti, en la que se lanzan más de 25 toneladas de papel biodegradable. Surtidores a lo largo del recorrido. Al mirar al cielo iluminado, nevaba papel.
Muy pronto teníamos diez centímetros de espesor de confeti. La batalla era total: “todos disparábamos contra todos. Las collas contra el público, el público contra las carrozas y sus collas. Hombres contra mujeres, niños contra adultos, merengues contra culés, hispanoamericanos contra ucranianos… Y viceversa. Y así durante dos horas, todos bailando al ritmo de la música en un espectáculo de luces y colores.
Vivimos en un mundo de guerras en el que disparamos contra todo: lo rusos contra los ucranianos, los israelitas contra los palestinos, los de derechas contra los de izquierdas, los pobres contra los ricos, los rojiblancos contra los blaugranas. Son disparos que tienen el objetivo de hacer daño y causar muertes a los demás. En esta fiesta, los disparos son papeles que acarician y van llenos de alegría y amor. El muchacho, que dispara el puñado de papeles a esa niña, le está saludando y ella le responderá con una sonrisa y otro disparo. Fui testigo de miles de ataques entre desconocidos y no vi ni un solo mal gesto. Siempre sonrisas y caras de felicidad. Por un día disfrutamos de un mundo al revés. Por dos horas nos sentimos felices haciendo felices a los demás. Nada hace más feliz a una persona que las emociones expresadas a través de la alegría.
Mi enhorabuena a los que inventaron este maravilloso evento. No perdáis el tiempo en hacer propaganda para el 27. El “boca a boca” será suficiente. También se puede morir de éxito. El próximo año volveremos los mismos para gozar de esta fiesta y nos gustaría tener sitio




