El Cruïlla llegó a su decimosexta edición con una pregunta que no aparecía en el cartel: qué quiere ser hoy un festival que nació con vocación de reunir públicos distintos y que, con los años, ha terminado construyendo el suyo propio. La respuesta estuvo en los cuatro días de julio que ocupó el Parc del Fòrum. No fue una edición uniforme. Cada jornada tuvo su público, su sonido.
El miércoles fue el día más joven y, también, el menos concurrido. Halsey encabezaba una jornada pensada para atraer a un público que todavía no forma parte del núcleo habitual del festival. Junto a ella aparecían Reneé Rapp, Sen Senra, Sigrid, Joaquina o Greta. La propuesta tenía sentido, pero la respuesta fue claramente inferior a la del resto de jornadas: alrededor de 9.000 personas frente a las cerca de 20.000 que acudieron los otros días.
De Garbage a Pixies
El jueves todo cambió. El Parc del Fòrum se llenó de un público que había crecido escuchando a Garbage, Suede y Pixies. El festival se hizo mayor por un día y lo hizo sin complejos. No se trataba simplemente de recuperar a tres grupos de los noventa: había que comprobar si aquellas canciones seguían teniendo fuerza fuera del recuerdo.
Garbage demostrño n que sí. Shirley Manson volvió a colocar su voz en el centro de una mezcla de rock, electrónica y distorsión, alternando canciones de su etapa actual con algunos de los temas que convirtieron al grupo en uno de los nombres fundamentales del rock alternativo de los noventa.

Suede fue todavía más lejos. Brett Anderson salió dispuesto a demostrar que la edad no ha reducido precisamente su capacidad para ocupar un escenario. Se lanzó sobre el público, terminó de rodillas, volvió a levantarse y convirtió clásicos como ‘The Drowners’ o ‘Beautiful Ones’ en algo más que un ejercicio de nostalgia. La banda presentaba también Antidepressants, pero fueron las canciones antiguas las que provocaron las reacciones más fuertes.
Y después llegó Pixies. La banda de Boston celebraba cuatro décadas de carrera y ofreció uno de los conciertos más sólidos de la edición. Black Francis conservó intacta su potencia vocal y Joey Santiago volvió a recordar por qué algunas canciones de Pixies siguen sonando tan extrañas y contundentes como cuando fueron publicadas. ‘Where Is My Mind?’ cerró una jornada que, más que mirar al pasado, demostró que algunas bandas sencillamente se niegan a convertirse en piezas de museo.
Rock de raíz y sorpresa
Fue probablemente la jornada que mejor resumió la naturaleza imprevisible del Cruïlla. The Black Crowes llevaron al escenario el rock de raíz estadounidense, sin demasiadas concesiones ni necesidad de actualizar una fórmula que funciona precisamente porque sigue siendo la misma. Chris Robinson y su banda defendieron el repertorio con la solvencia de un grupo que sabe cuál es su territorio.
Pero la gran sorpresa estaba escondida en el cartel. Bigger Splash parecía ser una banda nueva, pero, en realidad era, Arde Bogotá. El grupo murciano se había colado en el programa bajo el nombre de su nuevo single y convirtió su actuación en uno de los secretos mejor guardados del festival. No era una simple aparición sorpresa: era una manera inteligente de presentar una nueva etapa de la banda y, de paso, recordar que el rock español actual también tiene un lugar central en el Cruïlla.

La otra gran figura del viernes fue David Byrne. Ocho años después de su anterior paso por el festival, el exlíder de Talking Heads regresó con un espectáculo que no dependió de la nostalgia. Doce músicos y bailarines, instrumentos portátiles, coreografías precisas y una puesta en escena deliberadamente sencilla construyeron un concierto más cercano a una pieza teatral que a un recital convencional. Byrne mezcló canciones nuevas con clásicos como ‘Psycho Killer’ y volvió a demostrar que su manera de entender el directo sigue estando varios pasos por delante de cualquier intento de clasificación.
A su alrededor, Ezra Collective, Bomba Estéreo, Zahara, Alizzz y Sampa the Great ampliaron una jornada que no necesitaba buscar un único cabeza de cartel. El viernes funcionó precisamente porque había demasiadas cosas que ver.
El sábado llegó el cansancio, pero no el bajón
La última jornada tuvo menos necesidad de demostrar nada. Fue más relajada, más festiva y, en algunos momentos, más cercana a una fiesta mayor que a un gran festival internacional. Els Pets jugaron con la memoria de varias generaciones, sin más, y Jovanotti confirmó que sus casi 60 años no han reducido un ápice su energía sobre el escenario. El italiano recorrió el funk, el pop y la balada y hasta tuvo un recuerdo para Pau Donés.

Jon Batiste ofreció una actuación técnicamente impecable, aunque no todo funcionó igual de bien: el exceso de virtuosismo terminó alejando a parte del público. Fue una de las pocas actuaciones de la edición en las que la calidad musical no garantizó la conexión con la audiencia.
La Ludwig Band, en cambio, encontró precisamente esa conexión en la imperfección. Los problemas técnicos acabaron formando parte del concierto y el grupo los convirtió en humor, complicidad y espectáculo. Fue uno de esos momentos que explican por qué un festival no se recuerda únicamente por sus grandes cabezas de cartel.
The Hives llevaron después la intensidad que se esperaba de ellos y el cierre quedó en manos de Faithless, que devolvió el festival a la electrónica. Después de cuatro días y de una programación que había pasado del pop al rock, del jazz a la música latina y de la canción catalana a la electrónica, el Cruïlla llegó al final sin necesidad de buscar un gran gesto de despedida.




