
Durante estos días recibimos centenares de imágenes que felicitan o desean buenas fiestas. Dibujos en los que, probablemente, escasea el sentimiento y que se envían con el menor esfuerzo, porque todo lo que se ha de hacer es un toque al móvil para reenviar. Imágenes a las que, por cierto, se suele dar la mínima importancia y no responder, precisamente, por esa ley del mínimo esfuerzo.
Lejos quedan aquellas felicitaciones navideñas cuando no había internet, en las que las familias, los amigos y compañeros de trabajo se transmitían los sentimientos en hermosas postales navideñas con letras escritas que nos hacían recordar los esfuerzos hechos por personajes como Miguel de Cervantes, creador del más icónico de la literatura castellana, Don Quijote de la Mancha; Ramón Llull, padre de la prosa catalana; o Josep Piera, entre otros, en las letras catalanas.
Durante estos días, quizás porque uno comienza a ser mayor, he recordado como celebrábamos estas fiestas durante la infancia, en los años sesenta. Unas Navidades que se caracterizaban por la sencillez, la fuerte unión familiar y las tradiciones arraigadas, con énfasis especial en la decoración, aunque algo recargada, del hogar con el árbol plagado de luces y adornos caseros; el Belén, en el que no faltaban las figuras tradicionales, las cenas familiares a base de pollo y pavo, a las que seguía un sinfín recital de villancicos cantados a coro, todo en un ambiente muy íntimo y poco consumista, en el que cualquier pequeño regalo tenía un gran significado, por el esfuerzo hecho para que no le faltara a nadie de la familia.
Incluso, mientras observaba estos días a los más jóvenes de la casa, a los que, al parecer, no les llama la atención nada más allá que el estar enganchados al móvil, recordaba con una cierta nostalgia que los niños y jóvenes de entonces íbamos de casa en casa, con la zambomba y la pandereta caseras de antaño hechas con materiales reciclados con aros de cartón o madera, tripas de animales y objetos sonoros como chapas o platillos de las bebidas, y, sobre todo, la botella de anís que era la más ruidosa, cantando villancicos a vecinos y conocidos a cambio de unas pesetas. Una costumbre que en la postguerra las familias carentes de lujos recibían un ingreso extra para afrontar los gastos de las fiestas, como un gesto de gratitud y tradición de las familias algo más pudientes de la época.
Y no por estos recuerdos quiero abogar porque hubiera tiempos mejores. Lo cierto es que se ha perdido el espíritu navideño. Se pierde por la desestructuración familiar, la saturación comercial que nos impone la publicidad, las presiones sociales y familiares, el estrés laboral que exigen las obligaciones, la soledad en la gente mayor, los recuerdos dolorosos o una simple desconexión personal que tenemos con los rituales tradicionales, con una visión idealizada que choca con la realidad.
La Navidad, asociada con momentos que parecen llamar al descanso laboral, la magia o ilusión, sin embargo, esos merecidos días de descanso parecen que se convierten en una etapa intensa, de ruido y agotamiento cuando hay niños en casa, que nos alejan a menudo de las imágenes que se proyectan desde el exterior. La realidad es que las vacaciones se convierten en una rutina familiar que se ve muy alterada por las muchas horas que pasan los niños en casa, con un nivel de energía alto y unas expectativas festivas desbordadas, mientras que los adultos siguen compaginando los cuidados familiares con el trabajo, las compras y la preparación del hogar para recibir invitados. Una alteración emocionalmente exigente que genera tensión en casa, especialmente cuando a ello has de prever el «crear recuerdos felices».
Durante estos días, cuando lo que se proyecta en redes sociales o en la publicidad muestra a familias en buena armonía, llenas de felicidad, otras personas se sienten ifustradas al no vivir esa convivencia idealizada. Esta comparación insistente, aunque de forma inconsciente, alimenta la sensación de que estamos fallando en algo que debería ser simplemente maravilloso.
A pesar de la necesidad del descanso y la ausencia de horarios definidos, cuando tenemos que adaptarnos a algo nuevo, excitante o improvisado, como estas fiestas, que pueden desbordarnos en todos los sentidos, el emocional se manifiesta con conductas desafiantes o de mayor sensibilidad, que en muchos casos llegan a la saturación e incomprensión en las familias, que se ven alejar de la comprensión que se necesita en la rutina laboral.
Me comenta un amigo psicólogo que en medio del bullicio que origina la Navidad, disponer de espacios de calma puede ser “muy eficaz para cuidar la salud emocional de toda la familia. Espacios que no tienen porque ser espectaculares: puede tratarse rincones tranquilos para leer, paseos sin pantallas en las manos que de paso a una conversación sin interrupciones. Lo importante es generar refugios de desconexión y presencia”.
Para un feliz espíritu navideño no son necesariamente las grandes concentraciones o las actividades multitudinarias, los planes caros o los regalos. Muchas veces, lo que se recuerda en una familia son los momentos compartidos: en la cocina, la programación de una película en familia, las manualidades, o el reír juntos. Aunque, si acompañamos a los más pequeños al “Parc de Nadal” del municipio, seguro que lo recordará toda su vida.
Me llega al móvil un escrito en el que me recomienda hasta 50 saludos, deseos y mensajes navideños para enviar. De esa Navidad que ha de ser un momento especial para compartir amor, alegría y buenos deseos con los seres queridos. En todas las recomendaciones habla de enviar deseos cortos o mensajes más elaborados, con ideas que inspiren o sorprendan a los seres queridos. El escrito, en ningún momento recomienda reenviar imágenes prefabricadas, por no sabemos quién, que solo nos permite utilizar una herramienta con la ley del mínimo esfuerzo para recordarle a alguien que estamos aquí. Yo simplemente diré: Pues nada, ¡felices fiestas!


