
Mario Téllez Molina
Sociólogo
En sociología de la salud existe una evidencia tan sólida como incómoda. Ni la enfermedad ni la atención sanitaria se distribuyen al azar. El lugar donde se vive condiciona tanto el riesgo de enfermar como las posibilidades reales de ser atendido a tiempo. No hablamos solo de biología. Hablamos de estructura social.
El debate reciente sobre la atención al ictus en Catalunya vuelve a ponerlo en primer plano. Barcelona concentra múltiples unidades con cobertura permanente. Girona dispone de atención especializada las 24 horas. En cambio, Tarragona y Lleida siguen sin contar con este servicio de forma continuada. Quien sufre un ictus fuera del horario limitado debe ser trasladado a Barcelona. En una patología donde cada minuto cuenta, esa diferencia se traduce en más secuelas, más dependencia y menos recuperación.
Uno podría llegar a entender, incluso sin compartirlo, que en un sistema con recursos limitados se priorizara un gran polo central como Barcelona. Es la capital, el principal núcleo demográfico y un punto relativamente equidistante del resto del territorio. Pero, cuando se considera imprescindible un servicio permanente en Girona, y no en Tarragona o Lleida, el argumento técnico deja de sostenerse.
Desde un punto de vista poblacional, las diferencias entre Girona y Tarragona no son determinantes. Ambas demarcaciones presentan volúmenes de población similares, estructuras de edad parecidas y una incidencia relevante de enfermedades cerebrovasculares. No estamos ante territorios residuales. Son espacios con cientos de miles de habitantes, envejecidos progresivamente y con necesidades sanitarias crecientes.
La desigualdad, por tanto, no responde solo a criterios objetivos. Responde a jerarquías. Cuando un sistema acepta que determinados territorios no necesitan determinados servicios, está tomando una decisión política, aunque se presente como una cuestión técnica.
Y esa decisión se apoya en un mapa mental muy antiguo. Barcelona concentra centralidad, visibilidad y capacidad de influencia. Girona forma parte del espacio de segunda residencia, del turismo selecto y del paisaje identitario. Es un territorio que se cuida porque forma parte del escaparate.
Tarragona y Lleida, en cambio, ocupan un lugar funcional. Producción, industria, energía, agricultura, ganadería, logística. Espacios útiles para introducir infraestructuras incómodas, pero secundarios en el imaginario. Se necesita su suelo, su trabajo y sus infraestructuras. No necesariamente su bienestar.
La consecuencia es que la desigualdad se naturaliza. Se acepta como lógico que Girona tenga más. Se asume como inevitable que Tarragona tenga menos. Se interioriza que Lleida quede al margen.
Romper con estos estereotipos territoriales no se consigue con discursos. Se consigue con políticas públicas. La equidad sanitaria es una de las herramientas más potentes para corregir desigualdades históricas. Garantizar el mismo acceso a la vida es reconocer el mismo valor social.
Mientras no se haga, seguiremos transmitiendo una idea devastadora. Que hay lugares donde una vida vale un poco menos.
Es por ello que, cuando una responsable política justifica estas diferencias sin ofrecer un horizonte claro de corrección, no está gestionando. Está administrando resignación. Y cuando una desigualdad es conocida, documentada y persistente, la responsabilidad deja de ser abstracta.
Porque gobernar no consiste solo en administrar limitaciones, sino en corregir desequilibrios. Y cuando desde el máximo nivel se normaliza que determinados territorios tengan menos oportunidades de salvar una vida según la hora o el código postal, algo falla en el liderazgo.
No se trata solo de una mala explicación. Se trata de una mirada. De una forma de entender qué territorios merecen prioridad y cuáles pueden esperar. Y cuando esa mirada se expresa públicamente, cuesta creer que quien la sostiene esté en las mejores condiciones para pilotar una política sanitaria basada en la equidad.
En una sociedad que se pretende cohesionada, no puede haber mapas distintos para sobrevivir a un ictus. Y tampoco debería haber responsables que miren esa desigualdad y la den por buena.




